En sur de Bolivia a unos impresionantes 4.067 msnm, se encuentra la bella Potosí, una ciudad colonial fundada a los pies de la legendaria montaña del Cerro Rico, la mina de plata más grande del mundo durante la época colonial, hasta que en el siglo XVII. su riqueza mineral comenzó a decaer.

Hoy en día con la mayor parte de las vetas de plata agotadas, la mina sigue siendo el motor económico de la ciudad, siendo el sustento de miles de mineros unidos en cooperativas que continúan con la producción de estaño, un metal al que los españoles nunca le dieron importancia pero hoy su producción mantiene viva la mina.

Si queremos adentrarnos en las entrañas de las minas de cerro rico, lo primero que tenemos que saber es que este no es un parque de atracciones ni un sitio turístico, es un lugar de trabajo activo, sucio, polvoriento y peligroso. Donde descenderemos cientos de metros bajo tierra, por estrechos pasadizos, muchas veces hasta gateando, en túneles oscuros, donde explotan cargas de dinamitas cada pocos minutos. Un recorrido sin dudas no apto para claustrofóbicos ni viajeros temerosos.

La mayoría de los hostel de la ciudad así como las agencias de viajes locales ofrecen el tour por las minas. Cada guia trabaja con una de las cooperativas de minero que tiene la mina. Su precio es de aproximadamente unos $100 Pesos bolivianos, por un recorrido de unas tres horas aproximadamente de duración y nos incluye además del traslado a la entrada de la mina, una mameluco para vestirnos y no manchar nuestra ropa, las botas de caucho y un típico casco de minero con luz.

Generalmente todos los viajes comienza con una parada en el barrio minero o el Mercado Campesino, donde nuestro guía nos acompañara a comprar en un puesto distintos regalos para los mineros que nos recibiran. Estos “regalos” costas de bolsas con hojas de coca, cigarrillos, cartuchos de dinamita (si dijimos dinamita) y algunas botellas del famoso whisky del minero, el cual no es más que botellas de alcohol etílico al 95%.

Al llegar a la boca de entrada de la mina nuestro guía nos dará una pequeña charla de seguridad y de cómo movernos dentro de la mina, luego al ingresar caminaremos por sus estrechas galerías hacia el mismísimo corazón del cerro rico. Allí adentro la única fuente de luz será la proveniente de las linternas de nuestros casco y en muchos momentos el aire se torna demasiado enviciado.

En el camino nos cruzaremos con distintos grupos de mineros, los cuales se encuentran en plena labor de trabajo. A ellos le iremos dando los distintos objetos que compramos en el mercado anteriormente, a modo de agradecimiento por dejarnos entrar a su lugar de trabajo. Recordemos que la jornada de trabajo aquí abajo es de unas ocho horas y prácticamente no tienen descanso, el sueldo de cada minero depende de la productividad conseguida por su cooperativa cada mes, así que el esfuerzo tiene que ser el doble.

En un momento del recorrido subterráneo, este viaje por las profundidades de la tierra se vuelve mucho más misterioso cuando nos cruzaremos con “El Tio”, una suerte de deidad pagana que es venerada dentro de la mina. Este espíritu demoníaco es considerado como el dios del inframundo por la cultura minera. El Tío gobierna los bajos mundos, ofreciendo a los mineros protección, a cambio de ciertas ofrendas, tales como cigarros, hojas de la coca o alcohol en sus distintas estatuas. Se cree asimismo, que si no se alimenta adecuadamente El Tío, se tomará venganza, así que siempre es mejor dejarlo contento.

Otra de las experiencias que te dejaran marcado dentro de la mina, es el momento cuando nuestro guía nos invita a armar y colocar una carga de dinamita dentro de uno de los orificios de la roca. Lo hacemos, luego corremos algunos metros y esperamos algunos segundos la explosión con los oídos tapados. El ruido como podrán imaginarse es aturdidor y pocos minutos después el polvo y el olor a azufre invade los pasillos.

Pero sin dudas el momento más esperados es cuando vemos la luz del sol nuevamente, luego de dos horas de caminata subterránea. Terminamos nuestra visita a la mina con un sabor agridulce, por un lado recorrer el interior de una mina con casi quinientos años de explotación continua tiene su encanto innegable, pero por otro lado el ver y sentir en primera persona las “frágiles” condiciones en que miles de mineros trabajan bajo tierra sin dudas nos dejará pensando.

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