La isla de Célebes de Indonesia, tienen una de las prácticas funerarias más extrañas del mundo, conviven con sus familiares fallecidos durante meses e incluso los sacan de sus tumbas años después para bañarlos, vestirlos y darles de comer

Esta práctica forma parte del ritual llamado el Aluk To Dolo (el camino de los ancestros) un culto realizado por el grupo étnico de los Toraja. Un pueblo que siempre habitó esta zona de  montañas, permaneciendo ajeno a la influencia externa hasta hace apenas un siglo, cuando llegaron los primeros misioneros holandeses a comienzos del siglo XX, por lo que el cristianismo también se ha fusionado con las creencias tribales locales.

Alrededor de un 10% de los Toraja que viven hoy en dia en indonesia conserva aún sus creencias tradicionales animistas. El animismo nos habla de un concepto que engloba diversas creencias en las que tanto los objetos como cualquier elemento del mundo natural (tierra, agua, montañas, árboles… ) tienen alma, y por tanto son venerados (o temidos) como dioses.

Cuando un Toraja muere, los familiares de los fallecidos están obligados a realizar una serie de ceremonias durante varios días. Es por esta razón que este “evento” no tiene lugar inmediatamente después de la muerte. Al contrario, pueden pasar meses o años mientras la familia ahorra los fondos necesarios para llevar a cabo el funeral.

Mientras y durante este tiempo de espera, el fallecido no está enterrado, al contrario, es embalsamado y se almacena en una casa tradicional bajo el mismo techo que la familia. Por esta razón y hasta que no se complete la ceremonia, el muerto no está muerto para los torajas, simplemente padece una enfermedad.

Una vez obtenido los fondos para el funeral, el ritual comienza con la matanza de búfalos y cerdos junto a bailes de jóvenes alrededor de los animales sacrificados. ¿Pero qué hacen con tantos animales muerto? Muy simple los comen y reparten la carne a los invitados al funeral, organizando un verdadero festín en honor al difunto.

Después viene el tan esperado entierro, pero a diferencia con occidente, los cuerpos no se colocan en la tierra, los cuerpos se colocan en cuevas o agujeros de montañas, o bien en ataúdes de madera que cuelgan en un acantilado. En el caso de que el fallecido sea un bebés, las prácticas son más extrañas aún, estos se envuelven en paños y se colocan dentro de un espacio ahuecado en el tronco de un árbol creciendo. Con la idea de que una vez enterrado y sellado el agujero, cuando el árbol comience a crecer el niño será absorbido por la naturaleza.

Pero aquí no termina la cosa, este ritual continúa unos pocos años después del entierro, y cada mes de agosto se exhuman los cuerpos de los difuntos para bañarlos, peinarlos y vestirlos con ropas nuevas. Las momias se pasean por todo el pueblo en señal de júbilo y festejos y luego vuelven a ser enterrados en un funeral masivo. Una forma muy distinta de ver la vida y sobretodo la muerte.

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