Grandes dunas de arena, fuertes olas, aguas repletas de tiburones y bellas casitas que parecen trasplantadas de la baviera alemana, son parte del escenario que caracteriza a estos dos pequeños pueblos de las costas de Namibia, que nos recuerdan el pasado colonial alemán en estas latitudes.

La historia de estas dos ciudades y la colonización alemana de este rincón del mundo se remonta al año 1883, cuando el comerciante alemán, Adolf Lüderitz, compró a un jefe local lo que sería la costa del sur de Namibia y fundó el poblado de Lüderitz. Luego el Imperio Alemán, ansioso por obtener posesiones en el extranjero, anexionó el territorio muy pronto y lo llamó África del Sudoeste Alemana. Con los años colonos alemanes llegaron para trabajar como soldados, comerciantes, mineros de diamante o funcionarios coloniales.

 

Pero las intenciones coloniales de alemania, duraron muy poco ya que con la derrota germana en la primera guerra mundial, sus posesiones coloniales en áfrica pasaron a mano de las naciones victoriosas, y en el caso de África del Sudoeste fue gobernada por el estado vecino de Sudáfrica, hasta la independencia de Namibia en 1990.

La influencia alemana en estas dos ciudades es tan fuerte que  no solo se ve reflejada en sus pintorescos edificios coloniales, sino también en su gastronomía y las costumbres de su población, incluso en Namibia circula el único diario de habla alemana de áfrica, el llgemeine Zeitung.

Swakopmund es considerada la primer ciudad balneario de Namibia, que resalta por sus edificaciones, las cuales se consideran uno de los mejores ejemplos conservados de la arquitectura colonial alemana en el mundo. Dentro de sus notables edificios se encuentra la prisión Altes Gefaengnis, diseñada por Heinrich Bause en 1909. El Woermannhaus, construido en 1906 con una torre prominente, la cual ahora es un museo militar. Las atracciones en Swakopmund incluyen un museo de transporte, el Acuario Marítimo Nacional, una galería de cristal.

La ciudad es también reconocida por la práctica de deportes extremos, en las afueras de Swakopmund se encuentran las las espectaculares dunas de arena de Langstrand al sur del río Swakop, donde también se encuentran distintas granjas de cría de camellos.

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El pequeño pueblo de Lüderitz se encuentra al sur de Namibia, a unos trescientos kilómetros de la frontera con Sudáfrica. Lüderitz  vivió su momentos de esplendor en 1909 tras el descubrimiento de diamantes en la zona, que se explotaron con mano de obra esclava, tamizando las arenas del desierto, metros a metro. En la actualidad la extracción de diamantes es escasa, pero sigue siendo un importante fuente de ingreso para sus habitantes además del turismo y la pesca.

En las cercanías de Lüderitz se encuentran el pueblo mineros de Kolmanskop, hoy semi devorados por las dunas del desierto, formando un verdadero pueblo fantasma.

 

Otro de los “recuerdos” coloniales de Lüderitz  son los campos de concentración de Shark Island, también conocida como la isla de la muerte. Esta es en realidad una pequeña península en las cercanías de la ciudad, el cual fue utilizado por el imperio alemán durante el genocidio Herero y Namaqua. Se calcula que aproximadamente unos 3000 hombres, mujeres y niños de la etnias Herero y Namaqua, murieron en este campo de exterminio, el primero del mundo, que funcionó entre su apertura en 1905 y su cierre en abril de 1907. Además del trabajo forzado al que eran sometidos los reclusos, aquí se realizados distintos experimentos médicos, sobre los cráneos de los prisioneros. Las mujeres capturadas se vieron obligadas a hervir las cabezas de sus reclusos muertos (algunos de los cuales pudieron ser sus parientes o conocidos) y raspar los restos de su piel y ojos con fragmentos de vidrio, preparándose para los exámenes de las universidades alemanas. Lugares como estos nos recuerda que el pasado colonial de estas tierras no solo se limita a las bellas construcciones.

 

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