Cuando recorras las rutas argentinas podrás notar con asombro que es muy común ver al costado del camino en pequeños altares improvisados, con decenas de botellas repletas de agua, de todo tipo y tamaña. Estas son un tributo a La Difunta Correa, una divinidad pagana propia de la región cuyana de la argentina y que poco a poco se está expandiendo a distintos países de sudamérica.

La leyenda de la Difunta Correa se remonta al año 1840, una época tumultuosa y de guerras civiles en el país. La joven Deolinda Correa, vivía en Angaco, la actual provincia de San Juan, junto a su marido Clemente Bustos y su pequeño hijo, un bebé de unos pocos meses. Pero un día, un grupo de soldados que se dirigía a la vecina provincia de La Rioja, pasó por su pueblo y reclutó forzosamente a punta de pistola y espada a todos los hombres del poblado.

Sin otra alternativa, Clemente tuvo que abandonar a su familia y se unió a la montonera, dejando a su joven mujer y a su hijos librados a la suerte. Deseosa de reunirse con su marido en La Rioja tomó a su hijo lactante y siguió a pie las huellas de la tropa por los polvorientos desiertos de San Juan, llevando sólo con ella algunas provisiones de pan, charqui y un poco de agua.

Pero Deolinda no supo calcular el largo trayecto que tenía por delante ni el fuerte calor que azotaba a esa región el dia, y pronto su provisión de agua se agotó. Varios kilómetros después, la joven estrechó a su pequeño hijo junto a su pecho y cayó agotada debajo de la sombra de un algarrobo. Allí murió Deolinda a causa de la sed, el hambre y el agotamiento, pero sorprendentemente su hijo sobrevivió y segui alimentándose de los pechos de su madre, hasta el día siguiente cuando fue encontrada por unos arrieros pasaron por el lugar. Estos baquianos rescataron al niño y enterraron a la mujer en un paraje cercano conocido hoy como Vallecito.

Con el paso del tiempo, se le empezó a atribuir milagros a la difunta Correa y muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba. Se decía que quien se encomendase a Correa viajará seguro y podría atravesar los caminos más peligrosos sin problema, siempre y cuando, deje una pequeña ofrenda líquida, para que “nunca le falte agua a la Difunta”.

Hoy en día, esa costumbre sigue y mucha gente deja botellas con agua en los miles de santuarios dedicados a la “Difunta” por todo el país y aunque La Difunta Correa, no está reconocida por el catolicismo ni ninguna religión oficial, pero en la práctica se se la considera una verdadera “santa popular”. Una devoción que no se limita únicamente a los caminos de la argentina, sino que en Chile y Uruguay también pueden encontrarse.

Su santuario principal está ubicado en el pequeño pueblo de Vallecito, en la provincia de San Juan, a 1160 km de Buenos Aires y a 63 km de la ciudad de San Juan, la capital provincial. Las visitas a este oratorio se producen durante todo el año, pero son más frecuentes en Semana Santa, el día de las Ánimas (2 de noviembre), la Fiesta Nacional del Camionero y para la Cabalgata de la Fe que se realiza todos los años entre abril y mayo. En total se calcula que más de un millón de personas visitan el santuario cada año.

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