Hoy en día, tanto hombres como mujeres, pueden viajar  prácticamente por casi todo el planeta sin restricción alguna, y hasta podríamos decir que es algo bastante común. Pero en tiempos pasados, los viajes y la exploración parecían un terreno exclusivo de los hombres.

Las mujeres solo podían viajar con sus familias, y siempre y cuando el viaje fuera dentro de las normas de seguridad de la época. Pero por suerte existieron mujeres que se atrevieron a romper ese tabú. En Alrededor del mapa, te traemos la historia de cuatro mujeres que se animaron a desafiar los estereotipos de su época y se lanzaron a explorar el mundo. Las cuatro grandes viajeras del pasado…

Amelia Earhart, la gran aviadora

Esta aventurera de los cielos, nació en 1897 en Kansas, y desde muy pequeña Amelia dio muestras de una personalidad inquieta y audaz, pues se involucraba en actividades atribuidas a los chicos: escalaba árboles, se deslizaba en trineo y disparaba a ratas con un rifle. También tenía como pasatiempo reunir recortes de periódicos de mujeres famosas que sobresalen en actividades tradicionalmente protagonizadas por hombres.

Durante la Primera Guerra Mundial se enroló como voluntaria en labores de enfermería junto a su hermana en la ciudad de Toronto, Canadá, donde atendió a los pilotos heridos en combate. También aprovechó la ocasión para visitar un campo del Cuerpo Aéreo Real. En sus propias palabras, fue allí donde terminó «picada por el gusanillo de la aviación».

Sus primeras clases de aviación las obtuvo de la instructora Neta Snook, otra piloto pionera. Ya en octubre de 1922 consiguió su primer récord de altitud al volar a 4267 metros de altura. Para 1923 obtuvo la licencia de piloto de la Federación Aeronáutica Internacional, siendo la decimosexta mujer en recibirla.

Durante años, Amelia continuó con sus proezas aéreas, cruzando el atlántico desde Canadá a Gales y muchos otros viajes más. En 1929, Earhart continuó impulsando la aviación entre las mujeres, tanto que organizó una carrera aérea para féminas a través de todos los Estados Unidos.

Pero el más famosos de sus viajes fue trágicamente el último. El 21 de mayo de 1937, Amelia partió en su avión Lockheed Electra junto a su navegante Fred Noonan, el cual fue escogido por su experiencia en el vuelo sobre el Océano Pacífico.

Su primera escala fue Florida y su primer destino fue San Juan, Puerto Rico, de ahí voló a Caripito, al oriente de Venezuela, bordeando luego Suramérica con rumbo a África y el Mar Rojo.

Desde allí realizó un vuelo inédito en la historia de la aviación, hacia Karachi en Pakistán. Después se dirigieron rumbo a Calcuta y posteriormente su destinos fueron Rangún (Birmania), Bangkok, Singapur y Bandung. En Bandung en la isla indonesia de Java, ocurrieron algunos percances técnicos pero lo más grave fue que Amelia enfermó de disentería. Partieron de allí el 27 de junio hacia Darwin en Australia, donde mandó los paracaídas de regreso por que no serían necesarios —según ella—en lo que restaba del viaje.

Llegó a Lae, en Papúa Nueva Guinea el 29 de junio con 35.405 kilómetros volados y 11.265 restante por recorrer. Amelia despegó a las 0:00 GMT del 2 de julio, y su avión nunca volvió a aparecer.

Su desaparición sigue siendo uno de los misterios más grande del siglo XX, y sus proezas aéreas siguen inspirando a las aviadoras de todo el mundo.

Mary kingsley, la escritora exploradora

Mary Kingsley nació en Londres en 1862. Era hija de George Kingsley (también escritor de viajes) y Mary Bailey. Su madre era inválida y se esperaba de Mary que permaneciera en el hogar familiar cuidando de ella. Aunque la joven recibió poca formación escolar pero tenía acceso a la bien provista biblioteca paterna, y le encantaba oír de su padre historias de países lejanos.

Su padre murió en febrero de 1892. Su madre murió también cinco semanas más tarde. Liberada de las responsabilidades familiares, y con una renta de 500£ anuales, Mary pudo finalmente viajar. Decidió descubrir África y recopilar el material necesario para finalizar un libro que su padre había empezado acerca de la cultura de las poblaciones africanas.

Mary llegó a Luanda (Angola) en agosto de 1893. Vivió con las gentes del lugar, quienes le enseñaron las habilidades necesarias para sobrevivir en la jungla africana, y a menudo se adentraba sola en zonas peligrosas. En 1895 volvió a África para estudiar tribus caníbales. Se desplazó en canoa por el río Ogooué, donde descubriría especies de peces desconocidas hasta entonces. Después de su encuentro con la tribu de los Fang escaló el Monte Camerún (4100 m) por una ruta nunca hallada anteriormente por ningún europeo.

Kingsley escribió dos libros sobre sus experiencias: Travels in West Africa (Viajes en África Occidental, 1897), que inmediatamente se convirtió en un best-seller, y West African Studies (Estudios sobre África Occidental, 1899). Durante la Segunda Guerra de los bóer, Kingsley se alistó voluntaria como enfermera. Murió de fiebre tifoidea en Simon’s Town, donde curaba a prisioneros Bóers. Según sus deseos, fue sepultada en el mar.

Isabella Bird, la viajera científica

Isabella nació al norte de inglaterra en el año 1831. Junto a su hermana menor fueron educadas por su propia madre, quien además de enseñarles a leer y escribir, las instruyó en religión, costura y dibujo. Pero lo que más le gustaba a Isabella era unirse a los largos paseos campestres de su padre, quien marcaría profundamente su carácter y su futuro.

Su primer viaje fue a la isla del Príncipe Eduardo en Canadá desde la que continuó su periplo hasta recalar en la ciudad de Nueva York. Una inglesa en América sería su primer libro de viaje, editado por el que se convertiría en su gran amigo y mentor: John Murray.

Luego en 1857, y de nuevo por prescripción médica, Isabella se reencontró con Nueva York desde donde viajó a otras ciudades de Norte América. Su viaje terminó de manera abrupta en abril de 1858 al conocer la muerte de su padre. En los años siguientes viajó rumbo a Melbourne, desde donde terminó recabando en las Islas Sandwich en Hawai donde permaneció medio año y luego a japón y el lejano oriente. Su prestigio como viajera la convertirían en la primera mujer en ser aceptada en la tradicionalista y inamovible Real Sociedad Geográfica de Londres.

Ida Pfeiffer, la ama de casa que dio la vuelta al mundo

Hasta los 45 años Ida Pfeiffer era un ama de casa austriaca que soñaba con viajar. Cuando terminó de criar a sus hijos, vendió sus propiedades y comenzó sus viajes de exploración del mundo. Partió de desde Hamburgo hasta Río de Janeiro y desde allí prosiguió viaje por las turbulentas aguas en torno al Cabo de Hornos, hasta Valparaíso.

Al regresar publicó un libro de viajes con las anotaciones de su diario, lo que le proporcionó cierta notoriedad. Conforme se fue haciendo más conocida, se le obsequió con diversos pasajes gratuitos en buques estadounidenses y alemanes. Generalmente viajaba con poco dinero, dormía y comía en la casa de personas comunes, hacía anotaciones sobre las cosas que veía, usándolas como base para posteriores libros de viaje y visitaba lugares ajenos a las rutas turísticas tradicionales, incluso explorando regiones peligrosas. Fue la primera mujer en ser aceptada como miembro honorario en las sociedades geográficas de Berlín y París, y laureada por el rey de Prusia con una medalla de oro por su contribución a las artes y a las ciencias.

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