Cementerios, mataderos, palacios municipales y otro tipo de construcciones que parecen salidos de una historia ultra futurista de Ray Bradbury. Veintitrés pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires comparte el honor de albergar obras de este fantástico arquitecto italo-argentino, con un estilo tan particular que aún hoy sesenta años después de su muerte sigue atrayendo y siendo admirado por todo aquel que se topa con sus rarezas arquitectónicas ahora convertida en atractivo turístico.

Francesco Salamone nacido en la localidad siciliana de Leonforte y llegó a la argentina junto a su familia de muy niño en los primeros años del siglo XX. Decidió seguir los pasos de su padre en el oficio de la construcción e ingresó en el Colegio Otto Krause de Buenos Aires, donde se graduó con un título de maestro mayor de obras y​ posteriormente obtuvo los títulos de arquitecto e ingeniero civil en la Universidad Nacional de La Plata, primero, y en la Universidad de Córdoba después.

 

Los primeros trabajos como arquitecto los realizó en la provincia de Cordoba pero al poco tiempo se mudó a Buenos Aires donde comenzó a trabajar para el ministerio de obras públicas de la provincia. Un lugar donde le dieron carta blanca a sus proyectos y diseños con la idea de fomentar el crecimiento de los pequeños pueblos y ciudades del interior.

Salamone llegó a construir más de 60 grandes obras en pocos años, y otras tantas obras menores. La mayoría de sus obras tienen una tendencia al monumentalismo, un estilo muy en boga en la década de 1930. La espectacularidad es un rasgo distintivo de sus construcciones, que llegaban a elevarse a unos treinta metros, en comparación con el entorno urbanístico de los pueblos rurales donde se emplazaban que generalmente no supera los cinco metros de altura.

 

Las obras se realizaron a gran ritmo y en sólo 40 meses, construyó más de 60 obras en casi una veintena de pueblos del sudoeste de la provincia. Entre ellos, Guaminí, Carhué, Puán, Coronel Pringles, Balcarce, Saldungaray, Tronquist, Rauch y Azul entre otros.

Sus diseños filosos, estaban llenos de ángulos rectos, hechos de hormigón, con torres como las principales protagonistas y sus  fachadas estaban repletas de simbolismos. El plan urbanístico tenía un mensaje claro y determinante: “Dios, patria y hogar”. Tres conceptos que Salamone sintetizó en los edificios emblemáticos de cada pueblo. Cristo, como la figura suprema, en las puertas del cementerio. El palacio municipal, con su torre y reloj, más alta que el campanario de cualquier iglesia de cualquier pueblo. Y el matadero, donde conviven los concepto de hogar, familia y trabajo. Todo esto con el objetivo de  cambiar la idiosincrasia de la región, hacia la modernidad.

 

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